Las voces me acompañan.
Voces que repiten mi nombre, susurros que me despiertan, una puerta que se mueve pero está cerrada. La luz se cuela entre las rendijas de la persiana, se me clava como agujas y me acaricia tiernamente. Siento un impulso primitivo de echarme a llorar.
Cuando por fin consigo dormir, las voces se callan y los sueños aparecen. A veces bruscos, a veces suave. Casi siempre siento el leve rumor de los dedos doloridos.
Abre los ojos y me mira. No tiembla, no sonríe. Habla suavemente. Yo sí tiemblo, por dentro. Siento algo líquido y espeso en mis venas, todo mi vello de punta, alerta por su cercanía. Es tan difícil todo esto. Me tiende una mano, me acerca a él, me sienta en sus piernas y yo desfallezco, caigo mil veces. Caigo sobre su rostro, apoyo mi mejilla en la suya y entonces sí, tiembla. Se deshace conmigo, brilla, se cae, me mira y nos unimos en una fusión incandescente y calentita.
Despierto.
No me gusta la realidad. Dormir me agota. El cuerpo duele, los dedos duelen, la pastilla malva me llama a gritos, la mesa me reclama. Socorro. Socorro.
Pero un soplo dulce me mueve los rizos.
Y a veces los astros se alinean.

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