lunes, 6 de agosto de 2012

No te atrevas

"Recuerdo que al llegar ni me miraste. Fui sólo una más de cientos."

No quería salir, no quería salir. Se había resistido mucho pero había acabado cediendo al chantaje emocional. Armada con dos paquetes de tabaco, tacones anchos y gafas de sol a lo Marla Singer, acudió a la cafetería esquivando el sol. Odiaba el sol. Empujó la puerta, saludó brevemente al dueño y fue directa hacia la terraza. Llegaba pronto. Se encendió el primer cigarro y pidió cerveza negra. Iba ya por el tercer cigarrillo cuando escuchó los pasos acercándose a ella. Una voz cuidadosa la saludó efusivamente y a su lado se sentó una mujer joven, rezumando vida a través de su cuerpo exfoliado. Tenía los ojos verdes y la sonrisa fácil.

-¿Tabaco otra vez? Eso te matará.

-Me da igual.

-¿Cómo estás?

Tembló. Se caló bien las gafas de sol. Se encogió de hombros. Su amiga no insistió, y procedió a contarle una enrevesada anécdota laboral. Cuando el silencio reinó, hizo la rutina de siempre.

-Dime algo hermoso que hayas visto. Algo que te haya emocionado.

Sólo entonces la falsa Marla vacilaba. Esa vez tenía una respuesta preparada, aunque sabía que a su amiga no le gustaría.

-Una vez hablamos de la muerte. Me dijo que no podía morirme y dejarla sola en esta puta mierda de mundo. A veces creí que moriríamos como animalitos. Si una se iba a la tumba, la otra se moriría de pena al poco tiempo. Y aquí estoy, viva dos años después.

-¿Y eso es hermoso?

-Lo hermoso fue ver como el dolor de mi muerte inundaba sus ojos poco a poco. Ahora sé que eso era amor -las lágrimas le resbalaron por las mejillas, escapando de las gafas.

La joven de ojos verdes la miraba con dolor y profunda preocupación. Ni siquiera las gafas de sol conseguían ocultar las negras ojeras, los rojos ojos, el destructivo luto.

-No puedes seguir así. Debes reponerte.

Rió cruelmente.

-Eso sólo puede decirlo alguien que no ha amado de verdad. Yo lo tuve y ahora no, nunca más. ¿Como pretendes que viva así? ¿Como te atreves a pedirme algo tan monstruoso?

Su amiga acercó una mano a su brazo para reconfortarla mínimamente, pero la falsa Marla se apartó.

-No -susurró sin violencia, bebiendo de sus propias lágrimas-. No quiero que nadie me toque.

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