-Pero como no te voy a querer, mujerniña -contestaba con una sonrisa. Y ella aleteaba las comisuras de los labios, porque claro que lo sabía, pero le gustaba tanto escucharlo que de vez en cuando fingía una lágrima o dos y lo preguntaba, como si fuera nueva, como si no se conocieran.
Estaban haciendo planes como cualquier pareja. Miraban al futuro sin miedo y cuando a una le temblaban demasiado los párpados, la otra preparaba té y le lamía las lágrimas, con el olor a mermelada de cereza flotando.
A veces sacaban los colchones a la terraza y se dejaban picar por los mosquitos, en las noches despejadas. No sabían mucho de constelaciones y se inventaban las historias, que de mitología un rato sí que sabían.
Un día, una de ellas se despertó gritando de una pesadilla. La otra se apresuró a abrazarla y dejarla llorar. Solo era un sueño, solo era un sueño...
-Prometeme que me darás besos lentos todos los lunes, antes de levantarnos -exigió con voz acuosa y algo vacilante.
-Todos los días si quieres.
-Los lunes -insistió-. Todos los lunes.
-¿Para empezar bien la semana?
-Para que se me olviden las pesadillas de la semana anterior.
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