La primera vez que Esmeralda se suicidó, había hecho que le escribieran por todo el cuerpo en tinta azul, que en su piel de gitana se volvió casi negra. Ese día se puso una venda en los ojos y se perfumó en las muñecas y la garganta. Con el paso ágil de bailarina, caminó decidida por las callejuelas más peligrosas de París, hasta que consiguió lo que deseaba. Llevaba puesto un vestido muy burgués, que alguien había robado para ella, y no tardó mucho en ser asaltada. Insultó, humilló y utilizó sus malas artes de hechicera para herir a su agresores, y ellos acabaron atacándola. Primero la golpearon. Uno de ellos le dio tal tirón a la cabeza que se quedó en su mano un mechón de cabello espeso. Eso despertó su furia y se dio cuenta de que no quería morir. Luchó, pataleó, suplicó, ofreció y consiguió conservar la vida. Los malhechores la violaron de dos en dos o de siete en siete, eso no pudo recordarlo jamás, pero la dejaron viva. Con la tinta intacta en su cuerpo magullado, y los ojos secos. Tardó meses en volver a llorar. Cuando consiguió volver a casa, se lavó concienzudamente hasta que el cuerpo se quedó limpio y sólo se le veían las heridas.
La segunda vez que Esmeralda se suicidó, ni siquiera llegó a salir a la calle. En su propia cama deshecha, con su amante de nieve a su lado, le dijo sin ningún sentimiento que no la amaba, que no quería volver a verla. Y lo dijo de tal forma que ella misma se lo creyó y se quedó tan sola como Venus, y casi tan venenosa. Ese día rompió su corazón en mil partes pero todo lo que había escrito en él se quedó intacto.
En el trozo más grande estaba escrito "Perdóname, Blancanieves"
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