jueves, 12 de julio de 2012

Voulez-vous venir avec moi?

La escuchas caminar lentamente hacia ti. Sus pies descalzos apenas se intuyen en la quietud de una noche demasiado oscura, pero sí oyes claramente el familiar roce de la ropa rota contra su cuerpo de porcelana y maldad. Casi puedes ver su sonrisa. Se detiene a pocos pasos de ti. El corazón empieza a temblarte antes de darte la vuelta y verla.

Y está más hermosa que nunca, más salvaje, más desgarrada. Más triste, más maliciosa. Más profanada y más entregada. Más Remy. Te sonríe con el descaro de quien sabe que no es bienvenido. Ves en sus ojos oscuros y rojos que pretende quedarse y te alejas. Y ella se acerca, casi hasta rozarte y te mira fijamente, apenas parpadea, y cuando lo hace es para que al volver a mirarla sea más fácil quedarte anclada en su mirada opaca.

-¿Me has echado de menos?

A pesar de todo, qué dulce suena su voz. Qué aguda, y cómo se te clava dentro, pero qué dulce forma tiene de acariciar tus tímpanos.

-No es la primera vez que vienes ¿verdad? He estado notándote últimamente.

-Has estado convocándome, querida, aunque no quieras reconocerlo. Dime que me has echado de menos.

-Que te jodan.

Y se ríe. Y te maldices porque su risa suena como las campanitas en la antesala del infierno y sigue estando más bella que nunca. Recorres con los ojos las curvas semidesnudas de su cuerpo, reparas en las heridas de sus muslos y sabes sin ninguna duda que se las ha hecho ella misma. Y entonces te das cuenta de que Remy sí te ha echado de menos. Cuando acorta la distancia y te besa en los labios por primera vez, no puedes hacer nada más que rendirte a ella. Te abraza, te besa, te acaricia, y tú te dejas hacer porque qué cosas tan horribles dice, pero qué dulce es su voz... "He intentado que vinieras conmigo varias veces, pero siempre te resistes. Y me tratas así, querida mía, como si yo no fuera nada, como si nunca me hubieras amado. ¿Y por qué? ¿Por Ella? ¿Por paz, por inspiración? Sé que me has echado de menos tanto como yo a ti. No estás viva sin mí. Sabes que todo eso que crees sentir no será para siempre, que volveré a ti, y será hermoso porque estaremos juntas, pero sufrirás porque tendrás que acostumbrarte a mí. Tú y yo estamos hechas para brillar cogidas de la mano, no puedes deshacerte de mí, no puedes deshacerte de mí."

-Pero yo la amo -lloriqueas, sobrepasada, sobrecargada-. Y no quiero tenerte cerca, me destrozas. No quiero que estés aquí. Vete, vete...

Pero la abrazas mientras lo dices. No la quieres a ella contigo esta noche, no lo deseas, pero está ahí y su cuerpo venenoso te envuelve con el cariño de quien te ha visto en el peor de los infiernos. Y sigue diciendo cosas horribles, que apenas puedes escuchar por lo rápido de su tono y ya te corrompe el alma. "No puedes deshacerte de mí", repite como un mantra. Se acerca a tu oído. Su pecho se aprieta contra el tuyo. Está recurriendo burdamente a utilizar su atractivo lujurioso para tentarte y atraparte, y la odias y te odias.

-Todas esas noches que, con todo ese amor que dices sentir en tus venas, acababas durmiéndote llorando sin saber por qué, yo te estaba llamando. Y tú acudías a mí sin saberlo. ¿Es que no te das cuenta?

Quieres matarla. Quieres golpearla y herirla y mutilarla y hacerle tanto daño que no pueda recuperarse jamás. Pero tus brazos son pesados y siguen abrazándola como si fuera un salvamuertes, como si tuviera llaves secretas cuando sólo tiene cerrojos. Lo sabes, lo sabes, sabes que no está bien, que no lo deseas, que no la quieres, pero Remy está aquí contigo dándolo todo, entregándose a ti, suplicándote que la aceptes de nuevo y estás tan triste que sólo puedes abrazarla mientras sollozas. Deseas que tu corazón se convierta en un nido de serpientes, que ella lo apreciaría de verdad y sólo puedes quedarte encerrada en su abrazo putrefacto, gimiendo que te deje sola, resistiéndote a soltarla.

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