viernes, 29 de marzo de 2019

Un paréntesis y una ausencia

Toca exploración.

Recorro mi carne sin tocarme mientras escucho su voz.

El tono, la inflexión. Puedo ver la sonrisa breve, los gestos imperceptibles que tan bien recuerdo, el efecto que me provoca. Un brazo se eriza. Solía intentar tranquilizarle con un gesto concreto que le hacía sonreír de verdad.

Tengo tanta presión y frustración que llego a límites nuevos. Siempre son nuevos. Siempre hay más pozo en el que hundirse, más razones para llorar.

Y, cuando se pone cariñoso, cuando algo en mí le enternece, me llama "bonita". A mí. Ja. Si pudiera ver lo que hay tras esta piel tan suave no lo diría. Espeleología emocional. Tan 2011.

Vuelvo a hacer clic.

A veces cierro los ojos y las puertas y me permito sumergirme en su voz. En el profundo deseo de que me apriete y me calme. Recuerdo, buceo, exploro. Me asusta más de lo que estoy dispuesta a admitir y lo deseo tanto que me cuesta concentrarme en cualquier otra cosa. Piel. Aliento. La mirada penetrante de quien lo ha visto todo. El sol aquel día de noviembre, casi hacía calor, un hombre mayor sentado en un banco, la incomodidad, el pequeño escape a un patio diminuto. El frío en junio. El fuego en otoño. Hace muchos meses que no camino por ese paso de cebra. Joder, el giro anhelante y resignado y ese abrazo que no vaciló.

No tengo tiempo para nada de esto.

Y estoy harta de posponerlo.


Necesito que vuelvas, Remy.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Los dictados de la naturaleza

Las voces me acompañan.

Voces que repiten mi nombre, susurros que me despiertan, una puerta que se mueve pero está cerrada. La luz se cuela entre las rendijas de la persiana, se me clava como agujas y me acaricia tiernamente. Siento un impulso primitivo de echarme a llorar.

Cuando por fin consigo dormir, las voces se callan y los sueños aparecen. A veces bruscos, a veces suave. Casi siempre siento el leve rumor de los dedos doloridos.

Abre los ojos y me mira. No tiembla, no sonríe. Habla suavemente. Yo sí tiemblo, por dentro. Siento algo líquido y espeso en mis venas, todo mi vello de punta, alerta por su cercanía. Es tan difícil todo esto. Me tiende una mano, me acerca a él, me sienta en sus piernas y yo desfallezco, caigo mil veces. Caigo sobre su rostro, apoyo mi mejilla en la suya y entonces sí, tiembla. Se deshace conmigo, brilla, se cae, me mira y nos unimos en una fusión incandescente y calentita.

Despierto.

No me gusta la realidad. Dormir me agota. El cuerpo duele, los dedos duelen, la pastilla malva me llama a gritos, la mesa me reclama. Socorro. Socorro.

Pero un soplo dulce me mueve los rizos.

Y a veces los astros se alinean.

viernes, 8 de febrero de 2019

Inception

I don't really feel like it...

Lo único que de verdad me apetece es comerme media pastillita y tumbarme a disfrutar de la alegre inconsciencia que me recorre. Ah, las drogas. Joder, las drogas. Es lo que más potencial tiene para joder mi vida de adulta de mierda, y sin duda lo que más disfruto. Siempre me han gustado los rituales.

Pero es mentira, no es lo que más disfruto. Lo que más disfruto no puede llegar a estos espacios, hoy no, no esta noche, cuando me duelen los brazos por los recuerdos de la ansiedad, las muñecas por los recuerdos del desamor y el pecho por. Por.

Una vez le dije que sabía hacer muy bien el papel de Chica Guay pero no me gusta. De hecho, me provoca una seria crisis de identidad si estoy en una mala época.

Mala época. Qué delicioso eufemismo.

Tengo la cabeza como una peonza. Se me enreda el pelo, se me caen pestañas, aprieto los labios. Cuando el movimiento pare, cuando la peonza se detenga, no sé qué va a pasar. El cerebro rebotando contra las paredes del cráneo, el trauma asentándose en los mecanismos emocionales. Me caigo sin levantarme. Estoy al fondo del todo y sigo hundiéndome. Quiero darle una paliza a la chica del espejo. Cómo has podido ser tan estúpida, cómo has podido permitir esto.

Mi vientre ruge, con recuerdos inexistentes, y no puedo más no puedo más. Todo mi cuerpo lleva meses rugiéndome, exigiéndome, hablándome y lo hace tan alto que no sé identificar el problema. De repente me pica una parte del brazo y es la misma parte que una vez casi cerceno. De repente, las articulaciones pesan como putos menhires y recuerdo a Astérix y a Nymph y su paraguas rojo y la cría idealista que jamás pudo siquiera imaginar nada de estos años.

Viene a mis ojos todo a la vez. Detecto un ataque de ansiedad, lo esquivo. Completa inmersión, Ebony. Es mi forma favorita de viajar. Así fue nuestro único viaje. Si alguna vez lees esto, si llegas a estas palabras, recuerda que en lo mejor del año pasado estuvo ese viaje contigo. Espero no olvidar nunca tu alegría, tu energía serena, la manera en que has aprendido a manejarme sin hacerme sentir culpable por ser un inmenso trozo de mierda. A veces me miras como si me admiraras y me parece inconcebible, tú que llevas las procesiones por dentro, que tanta curiosidad tienes, que tanto has tenido que pasar.

Ya he averiguado por qué mis extraños presentimientos, por qué a veces mi vientre reclama. Es vergonzoso. Pero es real. Si pudiera reconocer, gestionar, asimilar y superar que me muero de ganas de enamorarme, no somatizaría en sueños, instintos y dolores tan variados.

Esto es insoportable. No sé cómo pedir ayuda porque apenas tengo tiempo de pensar en tantas marañas. Quisiera poder decir algo romántico e idealista. "Si alguna vez me has querido acude a mí, necesito una catarsis que no me hiera". Pero no hay otros tipos de catarsis. Ni nadie que acudiera a esta llamada.


viernes, 21 de diciembre de 2018

No sé irme

Venga, abre la botella.

Con un hielo el cubata, cielo, no vaya a ser.

Y ponte esas dos puntitas, sabes que lo necesitas. Cómo vas a calmar el alma sin la medicación adecuada, eh. Ni caso a las mierdas moralistas, aquí todo el mundo se droga, solo que tú lo admites. Tan malo no va a ser, mi vida. ¿Ves? Mucho mejor.

¿Que quieres otro cubata? ¿Y quién te lo impide? La noche es tuya.

Tu vida es tuya para que puedas jodértela a conciencia.

Qué sueño, qué pavor. Distráete, contempla vidas mejores. Oh. Vaya. Lo siento. Eso ha dolido, ¿eh? Ya, ya sé que no la metáfora. Lo otro. Lo que has visto.

Sus caderas moviéndose a un ritmo desconocido. ¿La echas de menos? ¿Cómo se atreve a ser feliz, si tú aún estás haciendo recuento de daños? Bueno, es lo que pasa siempre. "Te quiero, te echaré de menos". Bla bla bla. Poco tardan.

Chsss tranquila. Por favor, tranquila, te va a subir la medicación demasiado. Deja eso. Suéltalo. No lo necesitas. Esto es un bache, pasará. Sé que duele, suelta eso.

Claro que no es feliz, ni siquiera quiere serlo. De quererlo, te habría mantenido a su lado. Ja. Perdona, es un gran chiste, reconócelo. Pero cómo vas a provocar tú algo parecido a la felicidad, si mirarte ya deprime. Menos mal que tu distribución molecular aleatoria te hace bonita. Dios aprieta pero no ahoga.

Busca los jardines que ya no te recorren, cava zanjas para enterrar las decepciones, no olvides nada, échalo de menos todo.

A todos. A todas.

¿Falta mucho? ¿Cuándo podré gestionar la visión de su lindo rostro sin querer gritar? ¿Cuánto tardé la vez anterior? Ya, no aplica. No puedo más. Estoy harta. Tanto poso, tanta carga. Estoy cansada de ser el peso muerto que alguien se quita de encima, agotada de tanto abandono.

Harta de pasar frío aposta para no acostumbrarme al calor, de drogarme para irme a la cama para no pensar, de pensar en cosas horribles para no sentir. Necesito mejorar indefinidamente.

Necesito que abandonarme tenga consecuencias.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Otro mal día

No hay nada al llegar que consiga quitarme esta suciedad.

La taquicardia me resonaba en las orejas mucho más que la música. Odio cuando se me aplastan los rizos y no veo nada pero mucho más odio no ser capaz de respirar por lo que recuerdo.

Recuerda pensar, recuerda respirar.

Pero al llegar no hay dolores ajenos que me distraigan, no hay amante en el lecho a quien abrazar y cuidar, no hay ojos temblorosos que sonríen.

Nada.

Sólo yo.

Eternamente yo.

Yo, que no me gusto, que soy incapaz de olvidar los dolores, que vivo peligrosamente sin arriesgarme. Que quiero amar con todas mis fuerzas y sólo me sale un beso esquimal. Su aliento con el mío, tan triste, tan definitivo; nos estamos despidiendo y nos vamos a hacer daño, esto ya lo he vivido y siento tanto rechazo hacia mí misma que no. No.

A veces me gustaría vivir en sus brazos para, en noches así, poder abrazar su escandoloso cuerpo y que todo fuera cálido, ondulante, rítmico. Tal vez, sin verlo, perderme en colores que me están vetados, colores que ni he buscado ni he sido capaz de enfrentar desde que dejaron de mirarme.

Os echo tanto de menos.

Me echo tanto de menos.

Estoy agotada de fingir que no quiero ser la persona valiente y brillante que desapareció cuando los fuegos artificiales empezaron a hacerme llorar. Extraña relación. Qué absurdamente específico. Adoro los fuegos artificiales desde siempre, y la primera vez que lloré al verlos, desaparecí.

La criatura que invadió este cuerpo, ocupó mi lugar y vive ahora con mi rostro, nombre y voz... ¿Soy yo?

Vivo al margen de lo que fui, de lo que soy, de lo que nunca seré. No me gusta estar aquí; esta noche mi cuerpo es una cárcel. No me gusta sentir el rastro de las personas que me han tocado, con o sin mi permiso; no me gusta reconocer tan bien el dolor de cabeza de una droga o el de estómago de otra, el malestar de una resaca concreta, aquella vez que me daba miedo dormir porque estaba segura de que no me despertaría.

Esta desprotección salvaje en este cuerpo paradójicamente pequeño.

Todo esto está en mi cabeza y no sé si es real, cómo puede ser real algo tan horrible, tan ajeno, cómo puede no serlo si está pasando ahí fuera.

Cómo puedo sobrevivir a mí misma. Cómo puedo vivir con esto tan espeso y negro atrapado en mis costillas, con las curvas que apenas soporto mirar, exhibiéndome para un placer que disfruto pero no parece dirigido a mí. ¿Te gusta lo que ves o te gusta lo que te provoca? ¿Soy un instrumento para tu descargo y disfrute, o soy el fin?

No puedo más. Quiero salir de mi cabeza, de mi cuerpo. Andar todos los días así es agotador, insoportable, estoy tan cansada, tan cansada, sólo quiero caricias suaves en mis cabellos como putas serpientes, manos apretando mi garganta, algo que me haga dormir.


martes, 11 de septiembre de 2018

Las carnes sembradas

"No creí que fuera a volver a sentir algo así".

Mentira. Tan falso como inexacto.

Tan condenatorio, tan definitivo. Tan dramático.

El desamor es un tipo de dolor muy concreto; y aun así, cada vez es diferente. La traición, el desencanto, el engaño. Tan sencillo y afilado como dejarte reposar en manos ajenas y que de súbito se aparten. No hay más. Es así de terrible.

Lo que no te advierten, entre bonitas palabras vacías y algún gesto de luz, es que el desamor te cambia. Estresores, crisis, respuestas. Es imposible que un cambio en tu sistema tan grande y duradero no te haga evolucionar. ¿O involucionar?

El desamor se arrastra, porque también es mentira que el tiempo todo lo cura. No. El tiempo todo lo calma. Te da perspectiva, nuevas herramientas, un sentido nuevo, una mirada más amplia, la capacidad de perdonar. ¿Es eso curar?

En realidad venía a hablar de la falsedad del primer enunciado. ¿Nunca volver a sentir? Pocas veces lo he dicho, pero siempre ha sido cierto. De verdad creía que tantas heridas habían convertido mi corazón en un coladero. A veces lo inevitable de que así sea me vence. A veces la continuidad me abruma.

Creo profundamente en el amor. En lo maravilloso de la individualidad, en los páramos brillantes que algunas personas esconden dentro. Hay quien escapa a un bosque francés y hay quien convierte su cuerpo en un jardín. Creo en la profundidad de la esperanza, en la fuerza de la luz y lo poderoso de las sombras. Creo en los árboles y los ciervos, en las flores que adornan los cadáveres con vida, en las semillas que brotan de las lágrimas.

Creo en este proceso. Creo en mí.

Y creo que ya va siendo hora.

Dara Scully

sábado, 11 de agosto de 2018

Sabor a fresas silvestres

Una alegría histriónica, casi compulsiva. Risas. Chillidos. Me encuentro de pronto en un cuerpo sin dolores, con el corazón despertando y ojos que sonríen. Todo va bien. Me he encontrado en este momento exacto. Me decido, me tiro hacia delante, me arriesgo. Hoy será una gran noche.

Pero la fugaz visión de una camiseta verde y melena rubia me paraliza. Noto el instante exacto en el que mi sonrisa se desliza como si fuera cera y mi cara se queda estática en una expresión de pavor e incredulidad. No puede ser. No, joder. Hoy no. Hoy debe ser una gran noche.

Así que cambia el escenario, la ansiedad planea sobre mi estómago, recuerdo que otra vez apenas he comido. Odio perder el apetito; siempre significa la última barrera de control sobre mi cuerpo. Mi pobre cuerpo, mi hogar. [lo siento lo siento]



La chica que ponía nombre a las moscas es una realidad. Creía que jamás volvería a conocer a alguien a quien poner un título largo, pero ella existe. Tiene tics que nunca reconocería, y algunos de los que se ríe sin maldad. No hay maldad en su carne, sólo promesas, amor, luz y un mundo interior tan inmenso que estoy deseando perderme.

-Siento estar soltándote toda esta mierda.
Sonríe, de esa forma en la que puedo escuchar sus labios.
-Me estás descubriendo una parte preciosa de ti.

Tardo en darme cuenta. Tardo más de lo que me gustaría reconocer, porque la ansiedad me devora viva, el trigger me abraza firmemente y mi cuerpo está descontrolado ante tantas cosas que no sé gestionar. Lamento muchísimo haber sido incapaz de enamorarme en los últimos seis meses. Habría traído problemas y privaciones pero a veces deseo con todas mis fuerzas poder enamorarme de quien tengo a mi lado, poder darle mucho más. Recuerdo mucho a la ninfa diciendo con esa firmeza suya que las cosas no se pueden forzar, que los sentimientos no llegan, surgen. ¿Surgen? ¿O explotan?

Yo te quiero, jardinero. Ojalá mi presencia en tu vida te dé la mitad de paz, estabilidad y calidez que me da la tuya.

Y sí. Explotan.

domingo, 3 de junio de 2018

Rayos y centellas

Acudo sin saberlo.

Cada año, a veces durante unas horas. Otras, como esta vez, durante semanas enteras. Una tristeza indescriptible se me atasca sin motivo aparente y acudo puntualmente a este extraño rito. ¿Es un entierro? ¿Es un velatorio? Tal vez es sólo una ceremonia de conmemoración.

Pero ya no recuerdo.

Tiemblo como una niña de sólo pensar en aquel dolor espeso y multicolor. Los dientes afilados parecen clavarse en mi piel y de repente duermo en una cama pequeña, me siento diminuta y tengo tantísimas ganas de una sonrisa que me hago daño por no conseguirla. Me hago muchísimo daño. Vivo para herirme porque cualquier cosa es preferible a estar completamente sobria y lúcida para recibir latigazos no tan metafóricos.

Pero ya no recuerdo.

Y no quiero recordar.

Cada año se me acumulan más y más fechas que mi cuerpo recuerda antes que yo. Apenas caben ya tantas cicatrices en los calendarios. Y aun así aquí estoy, temblando, desnuda, alargando la mano entre la lluvia. Hacia. Desde. Sin más esperanza que paliar tantas marchas fúnebres.

Se acaba mayo, cruel recuerdo de una herida cuya marca no se diluye. Entra junio, mucho más fresco, trayendo consigo una traición, una decepción tan densa como inescrutable. No quiero escudriñar ni recordar, no quiero llevar un luto perpetuo. Qué se puede hacer cuando, puntualmente, se cuelan dentro estas f(l)echas.

Que llueva toda la noche y me borre.