miércoles, 28 de noviembre de 2018

Otro mal día

No hay nada al llegar que consiga quitarme esta suciedad.

La taquicardia me resonaba en las orejas mucho más que la música. Odio cuando se me aplastan los rizos y no veo nada pero mucho más odio no ser capaz de respirar por lo que recuerdo.

Recuerda pensar, recuerda respirar.

Pero al llegar no hay dolores ajenos que me distraigan, no hay amante en el lecho a quien abrazar y cuidar, no hay ojos temblorosos que sonríen.

Nada.

Sólo yo.

Eternamente yo.

Yo, que no me gusto, que soy incapaz de olvidar los dolores, que vivo peligrosamente sin arriesgarme. Que quiero amar con todas mis fuerzas y sólo me sale un beso esquimal. Su aliento con el mío, tan triste, tan definitivo; nos estamos despidiendo y nos vamos a hacer daño, esto ya lo he vivido y siento tanto rechazo hacia mí misma que no. No.

A veces me gustaría vivir en sus brazos para, en noches así, poder abrazar su escandoloso cuerpo y que todo fuera cálido, ondulante, rítmico. Tal vez, sin verlo, perderme en colores que me están vetados, colores que ni he buscado ni he sido capaz de enfrentar desde que dejaron de mirarme.

Os echo tanto de menos.

Me echo tanto de menos.

Estoy agotada de fingir que no quiero ser la persona valiente y brillante que desapareció cuando los fuegos artificiales empezaron a hacerme llorar. Extraña relación. Qué absurdamente específico. Adoro los fuegos artificiales desde siempre, y la primera vez que lloré al verlos, desaparecí.

La criatura que invadió este cuerpo, ocupó mi lugar y vive ahora con mi rostro, nombre y voz... ¿Soy yo?

Vivo al margen de lo que fui, de lo que soy, de lo que nunca seré. No me gusta estar aquí; esta noche mi cuerpo es una cárcel. No me gusta sentir el rastro de las personas que me han tocado, con o sin mi permiso; no me gusta reconocer tan bien el dolor de cabeza de una droga o el de estómago de otra, el malestar de una resaca concreta, aquella vez que me daba miedo dormir porque estaba segura de que no me despertaría.

Esta desprotección salvaje en este cuerpo paradójicamente pequeño.

Todo esto está en mi cabeza y no sé si es real, cómo puede ser real algo tan horrible, tan ajeno, cómo puede no serlo si está pasando ahí fuera.

Cómo puedo sobrevivir a mí misma. Cómo puedo vivir con esto tan espeso y negro atrapado en mis costillas, con las curvas que apenas soporto mirar, exhibiéndome para un placer que disfruto pero no parece dirigido a mí. ¿Te gusta lo que ves o te gusta lo que te provoca? ¿Soy un instrumento para tu descargo y disfrute, o soy el fin?

No puedo más. Quiero salir de mi cabeza, de mi cuerpo. Andar todos los días así es agotador, insoportable, estoy tan cansada, tan cansada, sólo quiero caricias suaves en mis cabellos como putas serpientes, manos apretando mi garganta, algo que me haga dormir.


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