La reunión resultaba soporífera. Erin caminaba al final del grupo, observando a cada uno de los miembros, cada cual más insignificante que el anterior. Había sólo una excepción. Ya se conocían, y era el único que tenía una conversación fluida. No tenía nombre, jamás lo había tenido; al menos, no con Erin.
En ese momento, estaba hablando de restos fósiles. Había encontrado un pequeño museo en un pueblo aragonés con restos de animales que, sostenía, podían clonarse. Y que sabrás tú de la clonación si eres de letras, pensaba Erin. Era injusta y lo sabía, él tenía tres carreras a sus espaldas y más de 10 años de viajes internacionales.
-Sabía que tú lo entenderías. Al fin y al cabo, siempre hemos estado enamorados el uno del otro.
El brusco cambio de la conversación la hizo estremecer. Apretó los labios, mientras una fugaz sonrisa perlada titilaba en su mente.
-Yo no estoy enamorada de ti -replicó. Tal vez con demasiado énfasis.
Él no cometió el error de ofenderse. Sonrió con desenfado y le dedicó una mirada indescifrable.
-Tal vez ya no lo estés. Pero yo sí.
-¿Y qué pretendes decir con eso? Soy ya muy mayor para que me conquisten -él se encogió de hombros.
-Sólo alguien que no te conociera creería que es posible conquistarte. Sabes muy bien lo que puedo ofrecerte, y sabes mejor que no voy a pedirte absolutamente nada. Que esté enamorado de ti no significa que no tenga una vida a la que tú no puedes entrar.
Su sinceridad le gustó. Le gustó tanto que tal vez en ese mismo momento habría caído a sus pies con el corazón en las manos; si aún lo tuviera, claro. Se planteó si aclararle que nunca había estado enamorada de él serviría de algo, pero la crueldad gratuita no le apetecía. ¿Realmente él lo había estado siempre? Era incapaz de entender por qué no lo había notado.
-Supongo que también sabes que lo que puedo ofrecerte no es nada remotamente parecido a una relación romántica.
Él asintió. No parecía entristecerse por eso.
-Sé que no tienes corazón, Erin. Nunca me contaste qué te pasó.
Ella se detuvo. Inmediatamente, con la compenetración que otorga muchísimos años de estrecha amistad, el hombre sin nombre la abrazó. Para Erin, los abrazos eran más peligrosos que las balas y sus ojos no tardaron en llenarse de lágrimas. Sentía caricias en su cabello.
-Lo siento, pero no se lo he contado a nadie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario