"Contemplen esta maraña de espinas".
La primera vez que la vi, se había colado en mi habitación. Dulcemente, me destapó la cabeza, sopló mis lágrimas, me desconsoló y se marchó sin violencia, como un preludio de lo que su presencia sería en mi vida.
Ahora se arrastra hasta mí sollozando como una moribunda; está preciosa, más que nunca. Daría la mitad de mí misma por recuperarme y poder consolarla, poder besar esas mejillas y acompañarla... pero no me muevo. Y sin vacilar, muy lentamente, Remy se acerca a mí. Lleva un vestido infinito y las uñas negras. Se ha cortado el pelo, a la altura de las orejas y no puedo evitar estremecerme.
-Cariño... cariño... oh, ven, lo siento, lo siento -y, sorprendentemente, intenta consolarme a mí, siendo ella la que está más destrozada que nunca. Me acaricia el cabello, se entierra en mi hombro-. No lo vi, tendría que haberlo visto, habértelo dicho...
-Remy -empiezo sin entender nada-. ¿De qué estás hablando?
Me mira a los ojos por primera vez, y lo veo. Joder si lo veo. Intento escapar de su mirada oscura y penetrante, y me topo con sus manos. Por Dios, que deje de tocarme ahora mismo, no lo aguantaré, que se vaya, que deje de tocarme, no quiero romperme ahora, que no me toque, que no me toque. Me quedo quieta. Ella se aleja un poco. Está algo más serena, pero siguen cayéndose lágrimas de sus ojos impuros. Coge mi mano, y no dice absolutamente nada.
Supongo que no hay absolutamente nada que decir.

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